Concierto en la cárcel

El día 12 de Diciembre de 2015, festividad de la Virgen de Guadalupe se celebró el concierto de la Coral de San Antonio de Benagéber en el Centro Penitenciario de Valencia, a iniciativa de la Pastoral Penitenciaria de la diócesis.

Fue uno de esos acontecimientos que, con apariencia de anodinos, resultan ser genialmente extraordinarios en todos sus detalles.

La idea se gestó un día que daban un recital en mi parroquia, y como conozco a bastantes miembros de la agrupación, porque la que no es catequista es compañero del Consejo de Pastoral, o del IDR, le dije a Tere -una soprano con una prodigiosa voz- con la que estaba en tratos para que su hija Blanca se hiciera voluntaria:

-      Os voy a llevar a la cárcel…

-      Pues … esta Navidad podíamos ir…

Y así fue. Se fijó la fecha en el domingo gaudete. Empezamos a gestionar los permisos de entrada. Cuesta conseguir escanear veintisiete DNIs por las dos caras, pero contamos con la inestimable colaboración de Paco Peñarrocha, que es el directivo encargado de este tipo de cosas, y nos facilitó mucho los trámites. Autorizó la entrada de vehículos, y, una vez dentro del recinto, dándonos las instrucciones de seguridad: dejar bolsos y móviles en los coches, nos hicimos la foto de la entrada donde estábamos todos, antes de la primera acreditación. Acudió el Director de la Pastoral,  D. Víctor Aguado, y el responsable religioso, el P. Mariano, S.J., así como el responsable del área social, D. Francisco Arcís. Y empezó la experiencia para los miembros del coro, pues entre puertas y cancelas, para llegar al lugar del concierto hay que atravesar ocho puertas, tres controles, un arco de seguridad… a continuación, cambiaron el DNI por una tarjeta identificativa, y por fin llegamos a la sala del centro sociocultural, tras la correspondiente excursión por los pasillos, que son unos cientos de metros.

Subieron al escenario y empezaron a templar voces. Llamaron a los internos. Y tuve el honor de hacer la presentación. Les dije a mis queridos internos que, como en la historia de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, en que la Virgen ofreció rosas en una estación en la que no suele haberlas, el coro les iba a ofrecer a ellos las rosas de cada canción que cantaran. Que pusieran su mente en blanco y se dejaran permear por la hermosura de la música, porque así se conseguiría poner algo bello encima de lo que es feo, y nuestros invitados se sentirían felices de lograrlo.

Empezó el recital. La verdad es que Michel, el director, ha conseguido un coro muy logrado, y enseguida se creó esa atmósfera especial que se palpa cuando algo está en estado de gracia, porque se percibe una paz especial. Los miembros de la agrupación tenían la voz apretada por la emoción producida por sitio en el que estaban, y cantaban con verdadera unción produciendo una calidez sonora con una untuosidad y tan dilatado gradiente que la experiencia resultó feliz. Feliz para quien la daba y feliz para quienes la recibíamos. Dejaron flotando en el aire un sentimiento de dulzura.

Consiguieron su propósito, solazaron a los presos. Alguno hubo que se quedó gratamente sorprendido, pues nunca había tenido la experiencia de oír una masa coral así en directo. Otros sí lo habían hecho. Sin embargo, cuando entonaron “Noche de paz”, alguien metió la cabeza entre las manos y empezó a llorar sin poder contener la emoción. Era un agolparse de repente la sensación de tantos recuerdos de esta entrañable celebración familiar contemplada desde la separación del cautiverio, en un sitio de dolor, pero el coro sonaba tan bien que dejaba casi curadas esas heridas, porque la belleza recordaba inevitablemente la sensación de felicidad. Cuando eso sucede, se llora.

Al día siguiente, uno de los internos que asistió me decía:

-      He oído muchos coros en Alemania, en Austria…, pero… ¡Nada como ésto!; ¡Que regalo nos hicísteis…!

Hubo bises, y acabó el recital con la suavidad con que empezó.

Para la salida vino a por nosotros el Jefe de Servicio, que se encargó de controlar personalmente cada DNI y cada nombre de la lista.

Ya una vez fuera pasamos a la cafetería a tomar un refresco o un café. Eran dignas de ver las caras de satisfacción de los corales. Con ese marchamo de … “no me creo donde hemos cantado…”, haciendo sus comentarios y observaciones, pero felices. Con una clase de felicidad que ellos tampoco habían experimentado: que cuando se hace algo por los demás, siempre, siempre, se recibe más de lo que se da. Y si lo que hacemos consiste en que donde el mundo ve deshechos nosotros vemos personas, y las tratamos como hermanos… entonces lo que pasa es muy grande.

Todos, todos, me dijeron que quieren volver…

Mariano Jiménez

Voluntario

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